Por: Carolina Jiménez
Se suele decir que quien no puede explicar algo de forma sencilla, en realidad no lo entiende del todo. Esta idea, atribuida popularmente a Albert Einstein, además de ser un lema atractivo, es una lección central para quienes ejercen liderazgo, dirigen empresas y/o comunican estrategias en entornos complejos y competitivos.
Muchos ejecutivos creen dominar un tema porque manejan la terminología técnica, exhiben gráficos elaborados o despliegan argumentos sofisticados. Sin embargo, la verdadera prueba de comprensión ocurre cuando pueden transmitir esa idea con claridad a su equipo, a sus inversionistas o al público. Ser capaz de explicar de forma sencilla no significa banalizar los asuntos, sino identificar su esencia y comunicar en términos comprensibles y accionables.
Para un CEO o líder empresarial, esta habilidad es mucho más que un ejercicio intelectual, es una herramienta estratégica. Un mensaje claro moviliza a la organización, alinea expectativas y facilita la toma de decisiones. En un mercado donde reina la complejidad y la incertidumbre, la claridad se convierte en ventaja competitiva. Los grandes líderes no esconden sus ideas detrás de jerga corporativa, más bien usan ejemplos concretos, analogías poderosas y un lenguaje directo que inspire confianza.
En relaciones públicas y comunicación corporativa la sencillez es un activo invaluable. Un vocero que domina su tema es capaz de acercarlo a audiencias diversas, desde analistas financieros hasta comunidades locales. Al evitar la opacidad y la grandilocuencia vacía, las empresas refuerzan su credibilidad y reputación. De hecho, muchas crisis se agravan no por las decisiones equivocadas, sino por la incapacidad de explicarlas con claridad y honestidad.
Por otro lado, la tentación de complicar el lenguaje no suele ser inocente. A veces se usa para impresionar, para proteger privilegios de información o para enmascarar carencias reales de conocimiento. Sin embargo, la verdadera autoridad se demuestra logrando que incluso los temas más difíciles resulten cercanos. Esa es la diferencia entre quien decora su discurso y quien lo construye sobre ideas sólidas.
Cuando explicar una idea se vuelve difícil, es posible que aún haya aspectos que necesitamos comprender mejor. Verlo así no debe preocuparnos, sino motivarnos. Aceptar ese reto con apertura fortalece nuestra capacidad de pensar con precisión y comunicarnos con propósito. Al final, liderar no es solo acumular conocimiento, sino saber transmitirlo de forma que otros puedan sumarse y actuar con confianza.